Dios ha muerto

“Dios ha muerto”. Esa frase aparece en uno de los libros de Friedrich Nietzsche: “Así hablaba Zaratustra”. Un libro que leí cuando tenía aproximadamente 15 años. Efectivamente, creo que Dios ha muerto, pero en el corazón del hombre. Ya nadie le busca y todos hacen como les parece sin escucharlo a Él. No se rigen por sus leyes ni mandamientos. ¿Cuáles son sus mandamientos? El más importante es amar a Dios sobre todas las cosas. El segundo más importante es similar: amar al prójimo como a uno mismo.

Dios ha muerto en los templos de piedra, de madera y de mármol, aunque nunca habitó realmente en ellos. El nuevo testamento es enfático en aclarar que el templo de Dios somos nosotros. Se dice que Justiniano I (482-565), al contemplar la grandeza y belleza del templo Santa Sofía, dijo: “Salomón, te he sobrepasado” (refiriéndose al rey Salomón, sucesor de David). Es algo paradójico que después ese mismo templo fuera tomado por los turcos, quienes convirtieron el templo en una mezquita en 1453 y que en la actualidad ni siquiera sea un lugar de reunión para alguna religión, sino que sea un museo en Turquía.

Es extraña la obsesión de los cristianos en hacer templos, pese a que la Biblia es clara en este aspecto. Miremos, por ejemplo, Hechos 17,24-28:

El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él es Señor del cielo y de la tierra. No vive en templos construidos por hombres, ni se deja servir por manos humanas, como si necesitara de algo. Por el contrario, él es quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas. De un solo hombre hizo todas las naciones para que habitaran toda la tierra; y determinó los períodos de su historia y las fronteras de sus territorios. Esto lo hizo Dios para que todos lo busquen y, aunque sea a tientas, lo encuentren. En verdad, él no está lejos de ninguno de nosotros, “puesto que en él vivimos, nos movemos y existimos”

Por esta razón, les pido que oren por esta iglesia que no tiene templo, pero sí fe y unidad. Oren porque todos nosotros llegaremos a hacer grandes cosas. No hemos sido llamados para hazañas pequeñas, sino para grandes cosas.

El Reino de Dios ya ha comenzado, pero su reino no es de esta tierra. Jesús no quiere habitar en instituciones humanas, sino en el corazón del ser humano. Quiere que cada uno de nosotros le busque, se comunique con él, tenga una relación con él. ¿Por qué? Porque Dios es Persona. Por esa razón le interesa hablar con el ser humano, por esa razón nos ama, por esa razón nos escucha. Porque además de ser Persona es Amor.

Si dejamos que Jesús reine en el corazón se levantarán líderes, presidentes, economistas, artistas y deportistas (los grandes olvidados de las iglesias), empresarios, científicos, multimillonarios que servirán a Dios y podrán ayudar a la humanidad, ya que no servirán a Don Dinero, sino al dueño del oro y metales preciosos (lean Hageo 2:8).

Piensen en los países que aún sufren tanta injusticia y escasez de libertad: China, Norcorea, India y tantos otros. Transmitamos el mensaje que hemos recibido para cambiar el mundo. Es urgente. Es ahora. Digámosle a las naciones que los conflictos no se solucionan con armas de destrucción masiva, sino con oración. Dejemos que Dios trabaje en y con nosotros. Cada uno es muy importante. No podemos despreciar a las personas humildes. No podemos menospreciar a alguien.

Dejemos que Dios viva en nosotros. Dejemos que Dios hable a través de nosotros, haga sanaciones a través de nosotros, haga milagros a través de nosotros. Amemos a Dios y a nuestro prójimo hoy. Este es el tiempo. Ya no podemos seguir esperando.

 

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