Mis sueños provienen de Ti y vuelven a Ti

Sé lo que es vivir sin seguir tus sueños: es una sensación terrible. Sé lo que es estar paralizado o avanzar en la dirección incorrecta (que en realidad es retroceder). Sé lo que es apuntar hacia todos lados de la desesperación o simplemente dejarse estar, pero sin hallar tranquilidad. Me gustaría compartirles un trozo de mi historia. Quiero compartirles sobre cómo llegué a mi visión. Ese camino tuvo muchos tropiezos. Después de todo, una historia de éxito se construye de muchos fracasos. Un día empecé a trabajar por mis sueños y todo cambió para mí. ¿Están listos para escuchar mi relato? Empecemos entonces.

A diferencia de textos anteriores, este será uno mucho más extenso: un texto fundacional. Si desean saber más de mi historia les recomiendo leer la autobiografía de mi niñez (si no la han leído).

Al salir de la enseñanza media, no tenía algo claro. Mis proyectos siempre me los habían anulado. Sabía que tenía que seguir la literatura, sin embargo, nadie me había apoyado, nadie se había dado cuenta de mi habilidad. Nadie había celebrado que escribiera desde los 4 años. Mi habilidad había pasado inadvertida. Sentía que no tenía cabida en la sociedad, ya que lo que soñaba nunca se podía realizar. Al menos, eso era lo que me enseñaban los adultos. Dentro de toda esta confusión entré a la universidad a estudiar algo que nunca había tenido en mente: Química. Allí me encontré con la rigurosidad y dificultad que representa esta materia. Fue un esfuerzo doble: sabía que no era ese mi camino y sabía que era un extranjero que tenía que aprender un idioma muy difícil si quería sobrevivir.

Tuve —sin mentirles— como 15 crisis vocacionales dentro de la carrera, sin embargo, seguí adelante. Lo que impidió el retirarme de la carrera es que en cada una de esas crisis nunca tuve claridad hacia algo y no me motivaba a seguir otro camino, ya que aún no descubría mi propósito o, mejor dicho, aún no lo redescubría. Finalmente, terminé la carrera con dos votos de distinción. Es que no me disgustaba la química, es solo que no era atractiva la forma en que la enseñaban ni me era atractivo el mundo laboral existente.

Al entrar al mundo laboral solo comprobé algo que ya sabía: esa área de trabajo no era para mí. Entonces busqué otras alternativas. Me acerqué a las autoridades de la iglesia (era una iglesia protestante) para contarles que sentía un fuerte llamado de Dios para ser pastor. Me dijeron que lo tenían que analizar. Alguien dijo que debían probarme primero (¿desde cuándo que los hombres son los que prueban? Dijeron que debían llevarlo a votación; dijeron que era extemporáneo, dijeron muchas cosas…

Finalmente, la votación fue negativa. No podría ir a estudiar a la escuela de teología, lo que me dejaba en el mismo lugar de antes: el limbo. ¿El argumento para votar de esta forma? No me conocían, pero no era porque nunca asistiera al templo, sino que ellos nunca asistían. Los más cercanos a mí, dentro de la iglesia, me apoyaban —incluso personas ajenas a la iglesia sabían que tenía vocación—, pero lamentablemente no eran mayoría ni estaban en los cargos más altos. Esto provocó una fuerte desilusión en mí. Sentía que Dios no quería estar relacionado conmigo (me demoraría en entender qué significaba lo que ellos habían decidido). Esto me llevó al agnosticismo y a una amargura que duraría varios años. Yo era un gran talento y aporte para esa iglesia: un talento que perdieron. (Ya a esa edad había leído muchos textos de teología). Así como yo, ¿a cuántos más habrán dejado ir?

Luego, me acerqué a un partido político. Me hice militante. Pasé de la ignorancia completa de estos temas a un conocimiento más profundo de la ciencia política (aprendiendo por mi cuenta, es decir, sin instituciones). Estaba lleno de ideas. Me acerqué al dirigente del partido para que me escuchara. Tenía mucho que aportar. Tenía mucho que entregar, sin embargo, su respuesta fue aún más fría que la de iglesia. Estuve como dos meses tratando de acordar un encuentro con él. Me cambiaba las fechas, las horas, etc. Cuando finalmente accedió ni siquiera me miraba a los ojos. Al parecer, era más importante lo que decía su computadora que lo que le tenía que decir yo. Es que claro, yo era un “aparecido” en política. No tenía los contactos, no tenía los lazos sanguíneos con las personas apropiadas. Le expresé mi molestia, él me pidió disculpas (lo cual aprecié), pero luego de que cometiera otro error muy parecido decidí apartarme y renunciar.

Yo sabía que había sido llamado para algo importante, por lo que seguí buscando. Mi búsqueda era realmente incesante. Había estado muy interesado en la filosofía. Había leído a Platón, Kant, Nietzsche, Descartes, Foucault, etc. Entonces traté de ajustar mis intereses con los intereses de la sociedad. Traté de compatibilizar mis reparos con el sistema educativo con “mi realidad”. Intenté no ser tan decidido. Me censuré y fui a postular a un magíster en filosofía, el cual pagaría con las rentas de mi trabajo. Estaba dispuesto al sacrificio: quería triunfar. No podía quedarme detenido. Cumplí con todas las etapas. Me hicieron esperar como dos meses antes de darme una respuesta definitiva. Hasta que me llamaron para la última etapa. Dijeron que en la tarde de ese día me escribirían un correo para darme la respuesta. Pues, adivinen… La respuesta fue negativa. Me encontraba en el metro cuando vi la respuesta. Solo atiné a sentarme en una de las estaciones y llorar desconsoladamente. Aparentemente, el mundo me decía que no servía en lo que había estudiado pese a haber egresado de la institución mejor evaluada en Chile, no servía en un partido político, no servía en el mundo académico, no servía para el mundo eclesiástico. ¿Qué quedaba? ¿Qué me quedaba? ¿Qué hacía ahora?

Un día Dios me volvió a hablar. Fue a través de una persona. No es que Dios estuviera lejos de mí. Es solo que no había entendido su mensaje. En ese momento retomé la fe: ese don que había dejado escondido en un baúl.  En ese momento sentí su voz. Su voz no estaba en la reprensión, en la culpa, en la dureza; su voz estaba en el reconocimiento, la dulzura, la acogida, el cobijo. Entonces comenzó una recapitulación de todo lo que había vivido. Empecé a “conectar los puntos”.

Una de las ventajas que tenemos las personas sobre las sociedades es que podemos reescribir la historia de nuestras vidas: esa ventaja fue de la que me aferré. La historia del mundo ya está escrita, pero la historia de las personas siempre puede cambiar. En ese periodo recordé un pasaje bíblico que dice:

Así mismo, en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y Dios, que examina los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los *creyentes conforme a la voluntad de Dios. Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes le aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito. (Romanos 8,26-29)

Dios había intercedido por mí en todos aquellos momentos de dolor, cuando yo me había llegado a sentir hastiado de vivir, como Sansón. Estos versículos no significan que los malos momentos sean buenos. Los malos momentos son dolorosos, pero de todas formas Dios puede transformar todo eso en algo bueno. A través de este pasaje, nos dice que nunca se olvida de nosotros, sino que siempre estamos en su mente. Dios me quería decir que no buscara el bienestar entre los hombres, sino en Él. Que no buscara mi sueño por caminos humanos porque Él crearía uno nuevo para mí. Esa era la razón por la cual se cerraban las puertas de todos los lugares donde iba.

Una noche, inspirado en la historia de Jacob (lean Génesis 32), quise aferrarme a Dios y pedirle que me bendijera. Ya no quería deambular sin sentido en mi vida. Quería tener un plan. Dios respondió. Dios me dio una visión. Esta consistía en que Dios me daría un trabajo en el cual podría desarrollar todas mis potencialidades; podría hacer una de las actividades que más amaba: escribir; y me pondría como líder de la iglesia más grande de la historia: la Iglesia del Viento. ¿Y de qué forma si ni siquiera tenía un templo? A través de internet y las redes sociales llegaría a los siete continentes. Recordé que durante el ministerio de Jesús, él no se dedicaba a construir templos. De hecho, profetizó la destrucción del templo de Jerusalén.

Hoy les quiero compartir esta visión para invitarlos a que se sumen a este proyecto. Los invito, pero no a estar encerrados, sino a una iglesia del viento. El viento se mueve mejor en la naturaleza, no entre edificios institucionales. El viento se mueve mejor en el Himalaya y en el Amazonas que entre los edificios de las grandes ciudades. El viento a veces tiene la fuerza de un huracán y a veces tiene la dulzura y frescor de un silbo apacible. El viento llega a todas partes. El viento sopla desde una región tan lejana como el Tíbet (藏区) hasta la Patagonia. Por esta razón mi discurso es que sean autónomos, libres, triunfantes, fuertes y apacibles como el viento.

Para el Espíritu Santo es más cómodo llegar a las personas cuando se despojan de las instituciones y templos. Dios es sabiduría, verdad, justicia, amor; Dios no es universidades, canales de noticias, tribunales u organizaciones. Dios es Persona y ama a las personas.

No sé de dónde vienen ustedes ni sé a dónde van (Juan 3,8). Pueden venir de tierras muy lejanas y pueden dirigirse a lugares de mucha importancia. Estoy seguro que Dios no nos quiere para algo plan pequeño ni para el fracaso. Ya bastante fracaso y rechazo hemos vivido en el mundo como para que Dios quiera que sigamos sufriendo. Ahora estamos listos para vivir, estamos listos para la victoria; pero esta solo se consigue a través de la fe y a través de la oración.

¿Ustedes quieren ser parte de esto? Anuncien a Dios, recen, oren, comuníquense con Dios. Él los quiere escuchar. El mundo los podrá defraudar, pero Él no. Tal vez en sus iglesias no estén interesados en ocuparlos para tareas importantes y los quieran hacer esperar, pero Dios les quiere asignar una función importante hoy. Dios no quiere que se aíslen del mundo. No se trata de eso, Él quiere que brillen en medio de esta oscura sociedad. Tal vez la gente los menosprecie por no tener un título académico, pero para Dios la ciencia más importante es el temor del Señor.

Cambiemos el mundo, pero no como lo han intentado hacer antes otras personas de la historia. No a través de la violencia. No a través de la renuncia. No renuncien a sus sueños porque los sueños son de Dios y volverán a Él. Sus sueños se cumplirán. Tengo fe de que Dios moverá montañas de ser necesario. Tengo confianza de que Dios hará milagros de ser necesario (ya he tenido testimonio de que ha respondido muchas de mis peticiones). Tengo la certeza de que Dios nos ama y quiere que todos seamos plenos y felices. Hagamos de este lugar un mundo mejor… Hasta que Cristo vuelva.

El viento sopla por donde quiere, y lo oyes silbar, aunque ignoras de dónde viene y a dónde va. Lo mismo pasa con todo el que nace del Espíritu. (Juan 3,8).

2 thoughts on “Mis sueños provienen de Ti y vuelven a Ti

  1. Sebastián. Sólo quiero decirte que bueno que hayas escuchado a Dios. Las iglesias, en general, no te acercan de fondo y espíritu a Dios. Tú idea de la iglesia del viento es lo mejor.
    Cecilia

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