Gloria en la debilidad

En el texto anterior titulado “El éxodo” les hablé sobre el nacimiento y juventud de Moisés. En este escrito continuaré la historia.

Leamos Éxodo 5:

Después de eso, Moisés y Aarón se presentaron ante el faraón y le dijeron:

—Así dice el Señor, Dios de Israel: “Deja ir a mi pueblo para que celebre en el desierto una fiesta en mi honor.”

—¿Y quién es el Señor —respondió el faraón— para que yo le obedezca y deje ir a Israel? ¡Ni conozco al Señor, ni voy a dejar que Israel se vaya!

—El Dios de los hebreos nos ha salido al encuentro —contestaron—. Así que debemos hacer un viaje de tres días, hasta el desierto, para ofrecer sacrificios al Señor nuestro Dios. De lo contrario, podría castigarnos con plagas o matarnos a filo de espada.

Generalmente, el mundo toma poco en cuenta cuando los elegidos de Dios les advierten de algo. Esto se debe también a que Dios suele escoger personas pequeñas para glorificarse aún más. Si escogiera personas musculosas, grandiosas y elocuentes, todos pensarían que fue gracias a las habilidades de esa persona. Por esta razón escoge a los “débiles”. En este caso, escogió a Moisés: una persona que le costaba hablar en público. No era un gran orador ni un líder tan seguro, ya que necesitó muchas evidencias para creer que Dios lo había llamado, a veces pienso cómo Dios no se enojó al ser tan insistente con el tema de pedir pruebas de que lo escucharían, jaja.

Quienes desconocen a Dios suelen ser arrogantes, como Faraón. Generalmente, estas personas se encuentran en puestos de poder y confían tanto en el poder que se transforma en su dios. No es que desconozcan a Dios realmente. Lo que sucede es que estas personas suelen no escuchar Su voz que reside en la moral de cada ser humano. Todo ser humano tiene testimonio de que Dios existe. El ateísmo es un movimiento que se popularizó recién en el siglo XX (es bastante raro).

Continuemos ahora con el pasaje bíblico (Éxodo 5):

—Moisés y Aarón —replicó el rey de Egipto—, ¿por qué distraen al pueblo de sus quehaceres? ¡Vuelvan a sus obligaciones!  Dense cuenta de que es mucha la gente de este país, y ustedes no la dejan trabajar.

Ese mismo día el faraón les ordenó a los capataces y a los jefes de cuadrilla: «Ya no le den paja a la gente para hacer ladrillos. ¡Que vayan ellos mismos a recogerla!  Pero sigan exigiéndoles la misma cantidad de ladrillos que han estado haciendo. ¡No les reduzcan la cuota! Son unos holgazanes, y por eso me ruegan: “Déjanos ir a ofrecerle sacrificios a nuestro Dios.” Impónganles tareas más pesadas. Manténganlos ocupados. Así no harán caso de mentiras.»

La estrategia del Enemigo siempre ha sido mantenernos ocupados en cosas que aparentan ser prácticas. El Enemigo nos hace creer que lo realmente importante es hacer ladrillos, ganar dinero y realizar labores cotidianas; que adorar a Dios es algo irrelevante a los verdaderos problemas de las personas. De esta forma, nunca llegamos a hacer algo realmente para Dios. La idea es mantenernos lo suficientemente ocupados para que no razonemos porque sabe que a través de la razón podemos llegar al conocimiento de Dios. El Enemigo se esfuerza en que no tengamos tiempo para meditar, orar, rezar o adorar al Señor. Por esta razón es importante no escuchar la voz del mundo cuando nos dice que vivamos apresurados en tareas que no tienen ninguna relevancia espiritual y tomarnos tiempo para adorarle, para estudiar su Palabra y acercarnos a Él. No escuchen la voz de Faraón que solo busca explotarlos y exprimir su esfuerzo sin darles nada a cambio.

Al ver Moisés cómo era maltratado su pueblo le dice a Dios:

—¡Ay, Señor! ¿Por qué tratas tan mal a este pueblo? ¿Para esto me enviaste? Desde que me presenté ante el faraón y le hablé en tu nombre, no ha hecho más que maltratar a este pueblo, que es tu pueblo. ¡Y tú no has hecho nada para librarlo!

Esto que dice Moisés se parece mucho a nuestras palabras de desesperación cuando nos falta la fe. Cuando vemos que nada cambia pese a que hemos obedecido y seguido lo que nos dicta Dios. Cuando nos vemos amedrentados.

Dios responde:

—Ve y habla con el faraón, el rey de Egipto. Dile que deje salir de su país a los israelitas.

Pero Moisés se enfrentó al Señor y le dijo:

—¿Y cómo va a hacerme caso el faraón, si ni siquiera los israelitas me creen? Además, no tengo facilidad de palabra.

Este es uno de los errores más usuales de los hombres: el ver sus propias capacidades y pensar que no son aptos para la tarea. Tal vez hoy nos miramos y al notar que no tenemos el cuerpo de Arnold Schwarzenegger, la capacidad discursiva de Barack Obama o el dinero de Warren Buffett sentimos que no servimos. Pero eso es justamente lo que busca Dios: personas en las cuales glorificarse. No busca personas poderosas para este mundo. Busca cualidades no visibles. Como dijo una vez sabiamente Antoine de Saint-Exupery: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

Debido a esto Pablo dice en 2 Corintios 12,9:

«Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad.» Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo.

Me llega a parecer gracioso este versículo al compararlo con lo que te dicen psicólogos laborales respecto a hablar de tus debilidades. Es que en el Reino de Dios aprendemos que Dios trabaja de otra forma. No utiliza los medios tradicionales. En el mundo escucharás cosas como: “Nunca hablen de sus debilidades y si lo llegan a hacer busquen la forma de que parezca una fortaleza”. En el Reino, en cambio, uno puede jactarse de sus debilidades. Esto parece una verdadera locura. Es, en realidad, una bendita locura.

Me gusta vivir en el Reino de Dios. Uno se siente más auténtico. No necesitas adornarte a ti mismo. Solo necesitas ser tú. A Dios le gusta como somos: por algo nos creó así. No dejes que el mundo te moldee a su forma. Sé de la forma en que Dios te creó. Ten tus propias características. Defínete. Dios te ama como eres. Dios te puede ocupar como eres.

[Continuará…]

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