Una relación sin intermediarios

Creo en una Iglesia sin intermediarios entre Dios y el hombre. Nadie necesita que lo absuelvan de sus pecados: para eso está Dios. El que esté arrepentido vaya a Dios y pídale perdón. No necesita confesarse con alguien para obtener el perdón. No hay autoridad en la Tierra que lo pueda absolver. En el pasado la Iglesia Católica se aprovechó de esto y empezó a vender las indulgencias. La gente podía pecar tranquila porque tenía el perdón comprado. Les tengo mala noticia a los ricos: el perdón de Dios no se vende. Les tengo una buena noticia a ricos y pobres: el perdón de Dios está al alcance de todos. Este es el tiempo de la gracia.

Si usted es evangélico estas palabras le parecerán normales, si es católico, no. Pero lo que diré a continuación les parecerá a todos sorprendente. ¿Atentos? Ya les advertí.

Creo no solo en una Iglesia sin intermediarios, sino también en una sociedad sin intermediarios entre Dios y el ser humano. Prefiero una sociedad en la cual Dios sea nuestro guía directo, nuestro juez, nuestro sanador. En el mundo hay hospitales/clínicas, tribunales, colegios y universidades. ¿Han notado que todos acuden en primer lugar a estas instituciones antes que a Dios?

Dios es sabiduría, no un colegio o universidad. Dios es salud, no un hospital o clínica. Dios es juez, no un tribunal de justicia.

Tal vez no habría problema en un mundo en el cual se pusiera a Dios sobre todas las cosas, pero como esto no es así vemos problemas en cada una de las instituciones que he nombrado. Tanto clínicas, universidades y tribunales hacen cobros excesivos. Prácticamente le roban a la gente más vulnerable.

La justicia se ha corrompido en un mundo que no respeta a Dios. Ahora la justicia se compra y se vende al mejor postor. Así quedan libres muchas cabezas del narcotráfico. Porque quienes van a prisión nunca suelen ser los cabecillas: siempre son los peones los que caen.

La educación se impone. No se transmite con libertad. Al menos se podría imponer una educación de calidad, pero la verdad es que tenemos un sistema muy deficiente en el cual hay muchos niños que sufren el no poder desarrollarse completamente, tanto en sus habilidades deportivas o artísticas. Los colegios y universidades tienen precios tan altos que llegan a ser irrisorios. Provocan la deuda de muchas familias en Chile.

El mundo de la medicina (clínicas y farmacias) está vendido también. Laboratorios compran a hospitales y farmacias para que vendan sus productos. No importa su calidad, no importa si tienen los componentes que prometen que tienen. Lo que importa son las comisiones o el viaje a un país caribeño.

Se dice que Dios nos enseña. Esto suena bonito, pero ¿quién lo lleva a la práctica? La gente ya no tiene la fe para creer que Dios nos puede instruir. La gente no tiene la fe para creer que Jesús es el mejor abogado frente a la Ley. ¿Acaso no se dan cuenta que vivimos en un mundo con leyes injustas que favorecen a los poderosos? Generalmente, las personas “desahuciadas de la ciencia médica” acuden a Dios para que los sane. Me pregunto ¿por qué no acudieron a Él desde el principio?

Cuando Jesús estaba en la Tierra no los enviaba a los sanadores de ese tiempo (había médicos también), sino que Él mismo se encarga de sanarlos. Tampoco los enviaba a otros para que les enseñaran, Él mismo enseñaba (Dios enseñaba).

Jesús recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas, anunciando las buenas nuevas del reino, y sanando toda enfermedad y dolencia entre la gente. Su fama se extendió por toda Siria, y le llevaban todos los que padecían de diversas enfermedades, los que sufrían de dolores graves, los endemoniados, los epilépticos y los paralíticos, y él los sanaba. (Mateo 4:23,24).

Tampoco envió a la mujer adúltera al Sanedrín para que fuera juzgada, sino que Él mismo fue su juez. Dios es justicia, pero es perfecta, no como la dan los hombres.

—Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

E inclinándose de nuevo, siguió escribiendo en el suelo. Al oír esto, se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos, hasta dejar a Jesús solo con la mujer, que aún seguía allí. Entonces él se incorporó y le preguntó:

—Mujer, ¿dónde están? ¿Ya nadie te condena?

—Nadie, Señor.

—Tampoco yo te condeno. Ahora vete, y no vuelvas a pecar. (Juan 8,7-11).

Relaciónense con Dios de forma directa. No necesitamos de instituciones corruptas. Solo necesitamos tener un poco más de fe en Dios y su poder y autoridad. 

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