Marketing vs creatividad

Para ser creativo no hay una fórmula. De hecho, las fórmulas entorpecen el camino de los creadores, ya que estos no se rigen por normas ni estatutos, salvo por los propios. Sin embargo, vivimos en un mundo que cree tener la receta del éxito, por lo cual replica sin cesar fórmulas ya aplicadas hasta que nos hastían. Hoy tenemos películas sin sentido, teleseries insípidas, música sin contenido, sin emoción y sin sonido propio.

Todo pareciera estar dirigido por el marketing. El marketing debiera estar al servicio del arte y no al revés. Ya no vemos expresiones del alma, sino grupos creados por cerebros con delantal blanco que siguen estadísticas y buscan la copia que se transforma en el original de la próxima copia. Esto ha comenzado a hostigar al público que pide diferencia, originalidad, expresión, autenticidad.

Hay una cierta nostalgia por el pasado. Han surgido las modas kitsch y un activismo en contra del mainstream. Pero no es porque en el pasado las creaciones fueran mejores (como algunos piensan), sino debido a que lo que se vende en las tiendas actuales no es creación, sino réplica. No hay blogging, sino reblogging. No hay tweets, sino retweets. No hay canciones, sino covers. No hay libros, sino sagas plásticas de best-sellers. La originalidad se perdió en un momento del camino. ¿Qué ocurrió?

El mercado, enajenado por su poder, creyó tener la solución, pero solo trajo la desgracia al mundo artístico. No estoy hablando de que los artistas deban regalar sus obras o que el mercado sea —en esencia— malo. Me refiero a las prioridades. Me refiero a que la industria, las corporaciones, los conglomerados creyeron que ellos eran quienes generaban contenidos artísticos, cuando en realidad ellos solo vendían. Es importante estar conscientes que el mercado es el medio y no el fin.

Hoy vemos cómo se crean bandas musicales de laboratorio; películas de laboratorio y programas de TV de laboratorio. La industria que más reclama en contra de las copias es la que se ha convertido en anfitriona de la orgía del copy-paste. Ya no buscan talentos, sino que buscan personas-objetos que se ajusten a un modelo que ellos han diseñado. Incluso hay programas que abiertamente buscan gente que se parezca a determinado cantante y se premia no por la originalidad, sino por copiar (y copiar bien).

Obviamente cada artista recibe influencias y de acuerdo a estas influencias crea. Pero una influencia es solo eso. La influencia no es fuente. La industria, en cambio, trastocó este concepto y lo llevó a niveles vergonzosos. Hoy se le pide a personas (muchas veces talentosas) que imiten a cierto personaje, en vez de buscar el aire propio de los nuevos artistas.

La solución no es cerrar el mercado, sino lograr que entienda que este nos debe servir y no nosotros a él. Se debe dejar de endiosarlo e idolatrarlo. Solo así volveremos a ver verdaderos músicos, actores, diseñodores y escritores. El artista es creador, no replicador.

Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, por esta razón tenemos la capacidad de crear: no la derrochemos. No copiemos: creemos. No dudemos: confiemos. No cesemos: persistamos. No desmayemos: soñemos.

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