El diezmo no es bíblico

Hoy quiero hablar de una de las teologías más extendidas en algunas iglesias: la teología del diezmo. Específicamente, la creencia de que debes dar el 10% de tu sueldo porque la Biblia lo dice. En este artículo explicaré por qué el diezmo —al menos como lo entienden los pastores evangélicos— NO es “bíblico”.

Para empezar, ¿qué significa diezmo?

Según la RAE: “Parte de los frutos, regularmente la décima, que pagaban los fieles a la Iglesia”.

¿Está claro?, ahora vayamos a la Biblia.

Quienes dicen que el diezmo es bíblico se aferran de un pasaje de la Biblia que es Malaquías capítulo 3,8-10. Se los presento a quienes no lo conocen:

¿Acaso roba el hombre a Dios? ¡Ustedes me están robando! Y todavía preguntan: “¿En qué te robamos?” En los diezmos y en las ofrendas.  Ustedes —la nación entera— están bajo gran maldición, pues es a mí a quien están robando. Traigan íntegro el diezmo para los fondos del templo, y así habrá alimento en mi casa. Pruébenme en esto —dice el Señor Todopoderoso—, y vean si no abro las compuertas del cielo y derramo sobre ustedes bendición hasta que sobreabunde.

Pongamos esto en contexto. ¿A qué templo se refiere? ¿A qué casa se refiere? ¿Se refiere a los miles de templos evangélicos que se han construido en décadas? ¿A cuál de todos los templos debemos dar el diezmo entonces o es que deberíamos dar a todos esos templos? ¿Será que este pasaje se refiere al único Templo de Jerusalén en Israel? Pues sí, inteligente lector: se refiere al Templo de Jerusalén. Por cierto, un templo que está destruido (Jesús mismo profetizó su destrucción).

Jesús salió del Templo y, cuando ya se iba, se acercaron sus discípulos para mostrarle los edificios del Templo. Respondiendo él, les dijo: —¿Veis todo esto? De cierto os digo que no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derribada. (Mt 24,1-2).

Pero sigamos con el estudio bíblico de los diezmos. Esta vez, leamos Deuteronomio 14,22-29.

Cada año, sin falta, deberán ustedes apartar la décima parte de todo el grano que cosechen. De esa décima parte de trigo, de vino y de aceite, y de las primeras crías de sus vacas y ovejas, comerán ustedes delante del Señor su Dios, en el lugar que él escoja como residencia de su nombre, para que aprendan a reverenciar siempre al Señor. Y si el Señor los bendice, pero ustedes tienen que hacer un largo viaje para llevar esa décima parte por vivir muy lejos del lugar que el Señor ha escogido para poner allí su nombre, entonces venderán ustedes esa décima parte y el dinero de la venta lo llevarán al lugar que el Señor haya escogido. Con ese dinero comprarán allí lo que crean más conveniente: bueyes, ovejas, vino o cualquier bebida fermentada; en fin, lo que ustedes quieran, y lo comerán allí, delante del Señor su Dios, y harán fiesta junto con su familia. No desamparen nunca a los levitas que vivan en su población, ya que a ellos no les ha tocado tener su propia tierra como a ustedes. Cada tres años deberán ustedes apartar la décima parte de su cosecha del año, y almacenarla en su ciudad, para que cuando vengan los levitas, a quienes no les ha tocado tener su propia tierra, o los extranjeros que viven entre ustedes, o los huérfanos y las viudas, puedan comer hasta quedar satisfechos. Así el Señor su Dios los bendecirá en todo lo que hagan.

Si nos ponemos rigurosos con la Biblia (como lo hacen algunos pastores) ¿significa que debemos darle el 10% de nuestros granos, trigo, vino y aceite que cosechemos? Pues, que yo sepa, ninguno de mis conocidos cosecha nada. Nadie tiene campos. Vivo en una zona urbana. Además, en este tiempo no hay levitas. Los levitas eran una de las doce tribus de Israel. Que yo sepa —perdonen si me equivoco— ninguno de los pastores evangélicos desciende de la tribu de Leví.

Yo digo que este pasaje, interpretándolo en contexto, quiere decir que ayudemos a las personas necesitadas: huérfanos, viudas, vagabundos, amigos con problemas económicos, familiares con necesidades.

Ahora, pasemos al siguiente argumento: ese lo encontramos en Jesús.

Para empezar, Jesús no pedía diezmos ni ofrendas, pese a ser el Hijo de Dios. No pasaba su tiempo construyendo templos, sino que habló de que sería destruido el Templo de Jerusalén. Sin embargo, también hay referencias de él hablando de dinero. La diferencia es que el dinero no lo pedía para él. Curiosamente, tampoco decía que el dinero lo llevaran al Templo. Decía que el dinero se lo dieran a los pobres.

Jesús le dijo: —Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme. Al oír el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones. (Mt 19,21-22).

Hoy, sin embargo, vemos algunas iglesias obsesionadas con crecer y multiplicarse por el mundo. Quieren construir cada vez más templos. Algo que nunca hizo Jesús. Jesús no estaba interesado en pegar ladrillos. Jesús no estaba interesado en que el dinero se lo dieran a él. De hecho, él no tenía ni donde recostar su cabeza (lean Mt 8,20).

¿Qué hacía Jesús? Se dedicaba a sanar, hacer milagros, resucitar muertos, enseñar, alimentar a 10 mil personas. Hoy ¿quién hace sanaciones, o al menos quién al menos nos habla de la fe de que Dios nos puede sanar? ¿Qué guía hoy nos habla de fe? ¿Qué guía nos alimenta, ya sea con Palabra de Dios, o con panes y pescados? Lo único que se escucha en algunas iglesias es de economía, de estrategias de marketing, cómo captar más adeptos. Usan un lenguaje similar al empresariado. El miembro de la iglesia se transforma entonces en un número que les dará una cierta cantidad de dinero. El feligrés ha dejado de ser persona a los ojos de algunos líderes.

Yo no predico que no sean generosos. No predico que no donen. Solo digo que den dinero a quien de verdad lo necesita. El dinero no lo necesitan templos lujosos. El dinero lo necesitan personas; lo necesitan los niños que aún no nacen en China (si los padres no tienen dinero los obligarán a abortar); los niños de África que mueren de hambre; lo necesitan las fundaciones que cuidan huérfanos, viudas, etc. Si ayudan, la Biblia dice que serán recompensados. Pero háganlo, sobre todo, con alegría. Dios quiere que disfrutemos. Dios quiere que compartamos y seamos felices.  La vida no se trata de un porcentaje. La vida es para ser vivida.

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