La ley divina

Hay un pasaje —no muy conocido— que quiero enseñar hoy. Se trata de Deuteronomio 6, 4-9.

Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Átalas a tus manos como un signo; llévalas en tu frente como una marca; escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tus ciudades.

Este pasaje contiene el principal mandamiento que Dios ordenó: “Amarás a Dios con todo tu corazón…”. No puede haber una cosa o una persona más importante que Dios en sus vida. Dios siempre debe ser su prioridad principal y a quien amen más. Antes que Dios no puede estar ni siquiera sus hijos, su marido, su esposa, su carrera, etc. De todos modos, yo he descubierto que quienes cumplen con este mandamiento, aman mejor a sus familias y amigos. 

La Biblia señala que debemos hablar de la ley de Dios en todo momento. No solo en una hora determinada o lugar determinado. Por ejemplo, un domingo en Misa o en el culto, en el templo. Puede ser en un camino, en la casa, en el colegio. Cualquier momento es buen momento para hablar de las leyes divinas.  La ordenanza tampoco limita a los profesores, sacerdotes o jefes religiosos. Es un mandamiento inclusivo, no exclusivo. Todos deben hacerlo. Muchos delegan en otros este deber sagrado y constante. Sucede también que muchos conocen más las leyes de este mundo (lo cual no es malo, pero sí insuficiente) que las leyes que dictó Dios.

Los judíos entendieron literalmente este pasaje y se fabricaron filacterias: unas pequeñas cajas que contienen pergaminos enrollados con porciones de las Escrituras. Estas se las atan a los brazos, manos, etc. Sin embargo, esto no es lo que quiso decir Dios. El hecho de que de que diga que las atemos a nuestras manos significa que debemos poner por obra la ley divina y que debe regir todo nuestro comportamiento. El hecho de que llevemos la ley en la frente, como una marca, significa que debe estar en nuestra mente y regir todos nuestros pensamientos.

Este es un llamado principalmente a los padres. Para que enseñen a sus hijos o futuros hijos en la ley de Dios. A los padres les enseñan que les cuenten un cuento de hadas en la noche para que sus hijos se queden dormidos, pero qué pocos hablan acerca de enseñar la Ley de Dios al “acostarse”. Les enseñan que al despertar deben darles un buen desayuno a sus hijos, pero qué pocos son los que les dan el mejor alimento a sus hijos: la Palabra de Dios “al levantarse”. Para poder enseñar, primero deben conocer. Para conocer, primero deben leer la Biblia. Las Sagradas Escrituras no son un libro más. Son un libro muy importante en nuestras vidas. Para empezar, deben saber cuál es el resumen de la ley de Dios y los mandamientos más importantes. Si comienzan con esto, es un excelente avance.

Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas. (Mateo 7, 12).

“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente” —le respondió Jesús—. Éste es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a éste: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.”De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas. (Mateo 22, 37-40).

La ley de Dios no es fácil de cumplir, sin embargo, para quienes la cumplen les están preparadas grandes bendiciones. Quienes no la cumplen, les esperan maldiciones.

Lo importante es que Dios les permite entrar en su Reino gratuitamente, mediante la sangre de Cristo. No hay ningún mérito que cumplir para ingresar. No hay test ni examen previo. El Reino de Dios no es democrático: es “graciocrático”. Si se equivocan en las leyes, les serán perdonadas sus ofensas; aunque para esto hay un requisito: ustedes también deben perdonar a quienes les ofenden. Con la vara que midan serán medidos. 

Dios sea con todos nosotros. Amén. 

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