Jesús y las mujeres

En tiempos de Jesús, la mujer debía pasar inadvertida. Un escriba de la época dijo: “No hables mucho con una mujer. Esto vale de tu propia mujer, pero mucho más de la mujer de tu prójimo”. Se prohibía encontrarse a solas con una mujer, mirar a una mujer casada e incluso saludarla. Era un deshonor para un aprendiz de escriba hablar con una mujer en la calle. Filón, un filósofo judío, decía: “A las mujeres les conviene quedarse en casa y vivir retiradas. Las jóvenes deben estar en aposentos retirados, poniendo como límite la puerta (con los aposentos de los hombres), y las mujeres casadas, la puerta del patio como límite”. Los deberes de las mujeres casadas consistían en moler, coser, lavar, cocinar, hilar, tejer, prepararle la copa al marido, lavarle la cara, las manos y los pies. En resumen, se prefería que la mujer no saliese y no participara de la vida pública [1].

Debido a esto, resulta escandaloso y revelador el hecho de que Jesús hubiese entablado una conversación con una mujer desconocida (la samaritana) a la cual pidió agua. Los discípulos quedaron extrañados de este suceso, pero no se atrevieron a preguntarle (Juan 4, 27). 

Jesús no termina aquí, sino que además, fue hospedado por una mujer llamada Marta, la cual tenía una hermana (María) que según nos relata la Biblia, se sentó a los pies de Jesús para escuchar las palabras que decía, mientras Marta se quejaba porque ella no la ayudaba a realizar los quehaceres del hogar (Lc 10, 38).

Como si fueran pocos los dos ejemplos anteriores, tenemos más evidencias de que Jesús rompió con muchas (¿todas?) de las costumbres de la época respecto a las mujeres. Sabemos que, además de los doce discípulos, lo acompañaban mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y de enfermedades. Dentro de este grupo estaban María de Magdala (a la que llamaban Magdalena); Juana (esposa del administrador de Herodes); Susana y muchas más que lo ayudaban económicamente (Lc 8, 1-3).  

Cuando Jesús resucita de entre los muertos, fue María Magdalena la primera en ir al sepulcro vacío (probablemente a llorar por él) y ella da voz de alarma entre los discípulos de que la piedra del sepulcro no estaba. Luego es María Magdalena —ella sola— quien ve a los ángeles. Veamos el pasaje (Jn 20, 10-16):

Los discípulos regresaron a su casa, pero María se quedó afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro, y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies.
—¿Por qué lloras, mujer? —le preguntaron los ángeles.
—Es que se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto —les respondió.
Apenas dijo esto, volvió la mirada y allí vio a Jesús de pie, aunque no sabía que era él. Jesús le dijo: —¿Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas?
Ella, pensando que se trataba del que cuidaba el huerto, le dijo:
—Señor, si usted se lo ha llevado, dígame dónde lo ha puesto, y yo iré por él.
—María —le dijo Jesús.
Ella se volvió y exclamó:
—¡Raboni! (que en arameo significa: Maestro).

El hecho de que se hubiera aparecido a María no tuvo mucho efecto entre los discípulos, ya que las mujeres no estaban cualificadas como testigos. Nadie le dio crédito (Lc 24, 10; Mc 16, 10). Pero ¡qué gran honor para María Magdalena haber sido la primera en tener una angelofanía y, sobre todo, una Cristofanía! Este sería solo el comienzo de las muchas apariciones de Jesús a sus discípulos. El hecho de que haya sido primero a una mujer indica que Jesús la apreciaba en una especial manera. Tal vez porque se habría comportado de forma valiente durante su pasión (sufrimiento en la cruz). Algunos investigadores poco serios y poco rigurosos, han entendido esto como si Jesús hubiera tenido una relación erótica con ella. Nada más errado. La relación de Jesús con ella fue de amistad o de discípula frente a un maestro. Como pueden ver, los evangelios no tienen dificultades en mostrar todas las rupturas de Jesús con las costumbres de la época. Tal vez a nuestros ojos occidentales modernos, Jesús no hacía nada malo en entablar conversaciones con mujeres, pero a los ojos de un fariseo era totalmente reprobable. Entonces ¿por qué los evangelios habrían silenciado aquello? No tiene sentido. 

Jesús dignificó a la mujer. Fue amigo de ellas, les permitió que le dieran ayuda económica, permitía que le escuchasen, conversaba con ellas, etc. Jesús prohibió el divorcio a sus discípulos. Esto también fue una medida pro-mujer, ya que en aquella época el divorcio lo decidía solamente el hombre y la mujer era repudiada. Jesús no se dejó llevar por las “buenas costumbres”, ya que muchas veces estas van en contra de la moral. Que algo se repita mucho tiempo no significa que esté bien. Deberíamos tratar de seguir su ejemplo hoy y no dejarnos llevar por el “qué dirán”.

No me queda más que admirar el amor de Jesús para con todos y todas, traspasando las barreras sociales, en una época en donde abundaban el machismo y las clases sociales.

¿Qué tan diferentes somos nosotros como sociedad? 

1. Jeremias, Joaquim. “Jerusalén en tiempos de Jesús”. Cap. VII. La situación social de la mujer. Páginas 371-388.

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