Jesús y la oración

“El Reino de Dios no es concebible sin oración” — E. Fuchs (teólogo alemán). 

Es sabido que en tiempos de Jesús era normal orar 3 veces al día. Se comenzaba y se terminaba el día con una declaración de fe: el Shema (Dt 6, 4-9). Además, a las 15:00, se hacía una oración adicional: la tephillah. Recuerden Hch 3, 1: “Un día, Pedro y Juan fueron al templo para la oración de las tres de la tarde“. A estos 3 tiempos de oración cotidiana se añadían las oraciones de mesa, antes y después de cada comida. Sin embargo, se veía a Dios como alguien lejano, como un rey a quien había que rendir homenaje [1]. 

Jesús cambia la esencia ritualista de la oración. Para empezar, acerca a este Dios lejano, y permite a sus discípulos que le dijeran Abba, (cuyo significado más cercano es “papito”) la cual era la forma revolucionaria en que Jesús hablaba con Dios. Si antes la oración estaba más bien ligada a lo cultual o a la oración en comunidad, Jesús hace un giro, ya que él ora en soledad. Jesús no elimina las 3 oraciones al día ni la oración de la mesa ni las oraciones en comunidad, sino que agrega muchas más oraciones en su vida cotidiana.  Jesús pasa horas enteras e incluso noches enteras dedicado a orar solitariamente. ¿Cuántos de nosotros tenemos como hábito orar más de 1 hora al día o al menos orar más de 1 vez al día?

Revisemos los siguientes pasajes:

Muy de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, Jesús se levantó, salió de la casa y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. (Mc 1, 35)

Cuando se despidió, fue a la montaña para orar. (Mc 6, 46).

Por aquel tiempo se fue Jesús a la montaña a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios. (Lc 6, 12).

Mientras el Shema y el Tephillah son oraciones comunitarias en hebreo, Jesús enseña una oración comunitaria en su lengua materna (arameo): el Padre Nuestro. Es decir, lleva la oración a la cotidianeidad, a nuestra vida cercana. La oración, de esta forma, queda fuera del ambiente litúrgico. Es triste ver que hoy las iglesias se esfuerzan en lograr lo contrario: intentan sacar la oración de la relación personal con Dios y llevarla hacia lo litúrgico.

Aclaro que oraciones litúrgicas y comunitarias como el Ave María y oraciones dirigidas a “santos” y/o ángeles nunca fueron enseñadas por Jesús. No las encontrarán en ningún evangelio ni en toda la Biblia. Jesús nos enseñó que siempre al orar nos dirigiéramos a Dios como Padre. Esto es un gran privilegio: el llamar a Dios Padre. Es lamentable ver cómo este sentido de privilegio se ha perdido al aparecer otras oraciones, que en vez de enfatizar el acudir a Dios, enfatizan el recurrir a otros seres o a otros humanos pecadores como nosotros. 

Jesús nos exhorta a no usar palabrería en nuestra oración. ¿A qué se refiere? En el tiempo de Jesús los fariseos usaban muchos epítetos para referirse a Dios. Jesús en cambio, nos dice que le digamos simplemente Padre. Jesús nos exhorta a interceder por otros (incluídos nuestros enemigos), a la oración de súplica y nos dice que ojalá nuestra oración se haga en secreto (no como los fariseos que pareciera que buscan lucirse). Revisemos los siguiente pasajes:

Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido zarandearlos a ustedes como si fueran trigo. Pero yo he orado por ti, para que no falle tu fe. Y tú, cuando te hayas vuelto a mí, fortalece a tus hermanos. (Lc 22, 31-32)

Así que yo les digo: Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá la puerta. (Lc 11, 9)

Pero tú, cuando te pongas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto. Así tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará. (Mt 6,6).

La condición para que la oración sea escuchada es la prontitud para perdonar. ¿Cómo podemos pedir perdón divino si nosotros no estamos dispuestos a perdonar? Tan importante era para Jesús el perdón que lo incluyó a la fórmula del Padrenuestro. 

Perdónanos nuestras deudas, así como también nosotros perdonamos ahora a nuestros deudores. (Mt 6, 12).

Nuestra oración siempre será escuchada. Debemos insistir. Orar debe ser un hábito y no un acto poco frecuente en nuestras vidas. Debemos orar a Dios. No a María, no a José, no a los santos, no a los ángeles. Debemos llamar a Dios Padre. Si nos dejamos guiar por Jesús (olviden lo que les enseñaron otras personas), surgen estos principios. 

1. Joachim Jeremias. “La predicación de Jesús”. La nueva manera de orar. Ediciones Sígueme, Salamanca. 1974.

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