Nuestro verdadero enemigo

“El más grande engaño del diablo fue convencer al mundo de que no existía. Y de repente… ¡Bum! Había desaparecido” — Roger Kint (The Usual Suspects, 1996).

La cita inicial la extraje de una película cuyo título tradujeron acá como “Los sospechosos de siempre”. (La película no tiene nada que ver con demonios ni tampoco con religión).

Si escribo este artículo es para que estén atentos a los grandes —y pequeños— engaños del diablo. El primero ya lo he dicho. Al diablo le conviene intentarnos hacer creer que no existe. La lógica es evidente. Si eres un peligroso delincuente o un asesino en serie, es preferible que piensen en ti como una leyenda o se tomarían fuertes medidas en tu contra. Colocarían más guardias y sistemas de alarmas en tiendas comerciales o pondrían más detectives a investigar. Si piensas que un peligroso criminal es legendario, entonces te sientes con más libertad para jugar con el tema. Pero ¿qué sucede si sabes que ese criminal anda suelto en las calles?

El diablo no es una leyenda. El diablo existe. Sin embargo, hoy nadie habla de demonios. Corrijo: la gente sí habla de demonios, pero no para estar más alertas, sino como juego. Muchas personas juegan a la adivinación, juegan a ver programas de TV satánicos, juegan a pretender saber el futuro, incluso juegan a ser diabólicos. Aquellas personas no se dan cuenta que no son ellos quienes juegan, sino el demonio quien juega con ellos. El demonio pretende ser Dios y quiere que el ser humano también intente ser Dios. ¿Por qué Dios prohibió tajantemente la adivininación? Dios no dijo: “Si quieres, puedes jugar de vez en cuando a adivinar”. No. Dios lo prohibió, a secas. Porque solo Él sabe el futuro. Solo Él es dueño de lo que nos ocurrirá.

¿Cómo sé que el diablo no es una leyenda? Jesús dijo que había visto a Satanás caer del cielo como un rayo (Lc 10, 18). La palabra de Jesús para mí es suprema autoridad. Es más que una ley terrena. No siempre logro cumplirla porque solo soy mortal. Lo curioso es que conozco muchos cristianos que no toman la palabra de Jesús como suprema autoridad, lo cual me parece una gran contradicción.

El verdadero enemigo es Satanás, no la humanidad. No es esa persona que te traicionó, que te hizo daño, que te hizo sentir mal un día en que todo estaba bien. A todos ellos debes perdonarlos.

Así como Dios usa a las personas para hacer cosas maravillosas y les da grandes dones; Satanás les roba la personalidad, les bloquea sus dones y los lleva a hacer cosas erradas. Muchos creen que el camino del diablo es placer y pasarlo bien. Nada más erróneo. Este es otro de sus engaños. El diablo nunca ha deseado que lo pasemos bien ni sintamos placer. El diablo quiere hacernos sufrir, quiere vernos pobres y destrozados. En películas se tiende a pintar a los demonios como seres que nos darán algún placer terrenal a cambio de algo. La verdad es que el demonio solo nos quita cosas. Es que, en realidad, no tiene nada para ofrecernos.

La Biblia habla de un endemoniado. Es muy distinto de lo que muchos se imaginan. Esta persona endemoniada no se vestía, no vivía en su casa, sino en sepulcros. Aunque le sujetaban los pies y las manos con cadenas y lo mantenían bajo custodia, rompía las cadenas y el demonio lo arrastraba a lugares solitarios. A la sola voz de Jesús todos los demonios huyeron y se metieron en un hato de cerdos, el cual se precipitó al lago y se ahogó (Lc 8, 26-39).

Jesús dijo que cada día pidiéramos ser librados del mal. Jesús sabía que esto no era un juego. Nos enseñó a ser prudentes y estar alerta.

Sean cautelosos. No crean en los engaños de los demonios y déjense enternecer con las dulces palabras de Jesús.

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