Dices que no crees en Dios

 

Dices que no crees en Dios,
pero cuando te hablo de Él
tus ojos se iluminan,
tu corazón se alegra
y tu conciencia tambalea.

Dices que no crees en Dios,
que ahora eres ateo o agnóstico,
pero cuando eras niño,
al ver salir el sol cada mañana,
era natural para ti creer
que alguien había creado aquella luminaria.

Dices que no crees en Dios,
pero sabes que todo lo que has obtenido,
todo lo que has logrado,
y —sin exagerar—
toda tu existencia
se la debes a Él.
Sabes que Él te formó en el vientre de tu madre.

Dices que no crees en Dios,
pero sabes que Él te ama
y sabes que en el fondo de tu corazón
hay un pábilo que no se apaga,
una luz que no se rinde
y un amor por el cual vale la pena luchar.

Dices que no crees en Dios,
pero tus recuerdos de Él son más poderosos
que los escritos de los supuestos intelectuales
a los cuales les dedicas tiempo y fatiga.
Ellos no pueden llenar tu corazón,
ellos no pueden transformarte,
ellos no pueden completar tu día.

Dices que no crees en Dios;
pero cuando Él toca tu alma,
es difícil negarlo,
es difícil no apreciar
que haya dado Su vida por ti;
es difícil no notar
su gracia admirable,
su abrazo infinito,
su calor afable.

Es difícil negar que estando con Él
todas las cosas son maravillosas.

Dices que no crees en Dios,
pero Dios aún te está esperando,
Dios todavía tiene un plan para ti
—el mismo plan que tenía cuando te creó—
porque Dios sabe que aún crees en Él,
porque Dios no te olvidó
Dios no te desechó.
Para Él aún eres la oveja más preciada del rebaño.

2 thoughts on “Dices que no crees en Dios

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