El conocimiento

En nuestra sociedad el conocimiento está sobrevalorado. Tendemos a decirles a nuestros alumnos que se esfuercen para que algún día lleguen a la universidad y así sigan estudiando. El saber es algo muy premiado y reconocido. En estos tiempos, tener un doctorado, una maestría es algo muy valorado, ya que además están ligados a éxito laboral y financiero. Sin embargo, la Biblia tiene un enfoque muy diferente. Leamos:

»mientras más sabiduría, más problemas;
    mientras más se sabe, más se sufre.» (Eclesiastés 1, 18).

Estas palabras fueron escritas por la persona más sabia de todos los tiempos: Salomón. La Biblia refiere que el Señor se le apareció en sueños a Salomón cuando aún era un muchacho, y le dijo “Pídeme lo que quieras”. Como este le pide sabiduría, Dios le hace el hombre más sabio, y además el hombre más rico que haya existido alguna vez, ya que se agradó que no le hubiera pedido otras cosas.

Teniendo esto en mente, prosigamos.

Salomón no nos dice que la mayor bendición sea el saber, sino el disfrutar. Quien disfruta es el más bendecido. Es decir, no es tan bendecido quien entiende el funcionamiento de las mareas, sino que quien puede ir a la playa, tomar sol, nadar y pasarlo bien. No es tan bendecido quien ha estudiado la geografía de una ciudad, sino quien va de viaje y se toma fotografías allí con sus amigos. No es tan bendecido quien entiende los misterios del matrimonio, sino quien tiene a su mujer y la disfruta.

El libro de Eclesiastés nos enseña que casi todo en esta vida es un absurdo, es correr tras el viento. Tanto el necio y el sabio mueren y ya nadie se acuerda de ellos. Quien tiene sabiduría y riquezas un día morirá y sus bienes pasarán a manos de personas que nunca se esforzaron para obtener lo que ellos lograron. La persona que más pudo entender este mundo, nos enseñó que casi todo lo que nosotros nos afanamos por conseguir: títulos, bienes, riquezas, fama… Todo es correr tras el viento.

Lo mejor que puede hacer el hombre es alegrarse y hacer el bien mientras viva. Esto es lo máximo que uno puede hacer. Es curioso que algunas personas se esfuercen en construir imperios, realizar grandes proezas y dejen pasar cosas como la alegría. Vemos también que muchos emperadores se han levantado: Napoleón, Alejandro Magno, Octavio Augusto, Steve Jobs (ejemplo moderno); y en todos, la historia es siempre igual. Tienen un ascenso explosivo, un poder grande y luego… Decadencia. Todo va al mismo lugar: al polvo.

Lo que ahora existe, ya existía;
    y lo que ha de existir, existe ya.
    Dios hace que la historia se repita. (Eclesiastés 3, 15).

Pienso que este libro nos recuerda qué es lo que somos. Nos recuerda la humildad, nos hace pensar en la muerte. Nos hace colocar la vista en las cosas que nos convienen más, en vez de distraernos con la fama, el éxito y las envidias. Este libro nos muestra que el hombre bendecido no es aquel que tanto éxito tiene, sino aquel que mucho disfruta lo que tiene.